¿Te acordás de la primera vez que
fuimos juntos a la escuela? Nunca habías ido más allá de la curva de enfrente a
lo de Walter. Aquella mañana llegamos a la curva, y te empacaste, obstinada en
tus razones, como si hubiese sido un insulto de mi parte querer llevarte
allende. Tú, crispada, querías retroceder, y yo lloraba porque iba a llegar
tarde a la escuela. Tuvo que venir mamá, pero ni mamá ni mi aflicción eran
argumentos suficientes ante tu inamovible certeza de que no habrían motivos
para poner un casco fuera del piquete de casa. Sin embargo, los dos sabemos
cuán felices fuimos desde entonces en ese kilómetro y medio. Todas las mañanas,
bien temprano, papá y el Chico iban a buscarte a ti y a los demás caballos en
el piquete. Yo, ya de túnica y moña, te ensillaba y nos íbamos por la carretera
de tierra. Inviernos y veranos nos vieron compartir el camino, y las lluvias y
los soles que tuvimos en común fueron sedimentando en nuestros corazones un
camino también en común.
¿Te acordás rodeada de todos nosotros
en la escuela? ¡Qué felicidad acariciarte! Y aprovechándonos de tu profunda
mansedumbre, todos te abrazábamos, te besábamos, te apretábamos, jugábamos con
tus orejas fofas, con tu panza redonda, con tus largas crines, y nos pasábamos
por encima y por debajo de ti, andábamos de a dos, de a tres, de a cuatro, cayendo
por tus costados, prendidos a tu cuello, y repicaban nuestras carcajadas en la
quinta de eucaliptos... Ay, Peti, extraño tanto nuestra escuelita, es decir,
aquella época, aquella vida, aquellos nosotros…Porque ya no somos, ni ellos, ni
yo, ni la escuela… Sólo tú permaneces, sin tiempo ni edad, con tu alma
inalterable preñada de eternidad y cariño. Las últimas veces que te vi, tú no
me viste. Me busqué yo también en tus ojos de azabache, y en sus profundidades
tampoco me vi.
Leía hace poco un libro que alguien le
escribió a un alma parecida a la tuya, y me encontré entre sus líneas, casi
olvidado, hablándote a ti, jugando contigo, viéndote, viéndote como un inmenso
corazón peludo y marrón. ¿Te acordás cuando galopábamos a campo abierto, por
galopar no más? Montado en pelo para tenerte más cerca, abrazado a tu cuello,
con el sol del atardecer en nuestros ojos, el viento de primavera enredándose
en tus crines e hinchándome el pecho, la pradera húmeda salpicándose de vida
con el latido de la tierra en tus cascos, nunca sentí más claramente lo que era
la libertad. ¡Cómo olvidar!, si contigo grabé la vida en mi espíritu. Pero se
olvida. Se borra. Se empaña el espíritu. Y ahora estoy aquí, en esta casa, en
estas praderas, en estos montes, pero ya no estamos, ni tú ni yo. Y vivo
atormentado por las reminiscencias sensuales que tengo al ver y oler y tocar
las cosas que estuvieron aquí cuando estábamos nosotros; pero no estamos, ni tú
ni yo. ¿Pero tú me ves, verdad? ¿Verdad que me ves recorriendo contigo los
campos? ¿Verdad que ves sobre tu lomo mi espíritu lúcido y joven? Porque
renunciaría a cualquier paraíso que no me concediera volver a verme contigo en
ese pedazo de tierra y de tiempo en el que fuimos tan felices.
Perdóname, Peti, pero no sería yo
quien te despediría, si hubiera tenido oportunidad. Hubieras querido entender a
dónde me fui, y yo también. ¿Quién soy, a final de cuentas, en esta encrucijada
de nostalgia y espera? Escribo a tu alma, ahora que puedes entender por qué
escribo, y tal vez te regocijes al reconocer un vestigio de aquello que fuimos
en lo que atraviesa estas líneas. Pero tú perduras, como afirmo, sobrepuesta a
los caminos y reacia a las extrañas curvas en las que otros se extravían en pos
de empañadas ilusiones. Trasciendes e impregnas todo este lugar, aunque a veces
no te vea, aunque a veces no nos vea.
―David Benavídez.

