sábado, 19 de abril de 2014

Peti

     ¿Te acordás de la primera vez que fuimos juntos a la escuela? Nunca habías ido más allá de la curva de enfrente a lo de Walter. Aquella mañana llegamos a la curva, y te empacaste, obstinada en tus razones, como si hubiese sido un insulto de mi parte querer llevarte allende. Tú, crispada, querías retroceder, y yo lloraba porque iba a llegar tarde a la escuela. Tuvo que venir mamá, pero ni mamá ni mi aflicción eran argumentos suficientes ante tu inamovible certeza de que no habrían motivos para poner un casco fuera del piquete de casa. Sin embargo, los dos sabemos cuán felices fuimos desde entonces en ese kilómetro y medio. Todas las mañanas, bien temprano, papá y el Chico iban a buscarte a ti y a los demás caballos en el piquete. Yo, ya de túnica y moña, te ensillaba y nos íbamos por la carretera de tierra. Inviernos y veranos nos vieron compartir el camino, y las lluvias y los soles que tuvimos en común fueron sedimentando en nuestros corazones un camino también en común.
     ¿Te acordás rodeada de todos nosotros en la escuela? ¡Qué felicidad acariciarte! Y aprovechándonos de tu profunda mansedumbre, todos te abrazábamos, te besábamos, te apretábamos, jugábamos con tus orejas fofas, con tu panza redonda, con tus largas crines, y nos pasábamos por encima y por debajo de ti, andábamos de a dos, de a tres, de a cuatro, cayendo por tus costados, prendidos a tu cuello, y repicaban nuestras carcajadas en la quinta de eucaliptos... Ay, Peti, extraño tanto nuestra escuelita, es decir, aquella época, aquella vida, aquellos nosotros…Porque ya no somos, ni ellos, ni yo, ni la escuela… Sólo tú permaneces, sin tiempo ni edad, con tu alma inalterable preñada de eternidad y cariño. Las últimas veces que te vi, tú no me viste. Me busqué yo también en tus ojos de azabache, y en sus profundidades tampoco me vi.
     Leía hace poco un libro que alguien le escribió a un alma parecida a la tuya, y me encontré entre sus líneas, casi olvidado, hablándote a ti, jugando contigo, viéndote, viéndote como un inmenso corazón peludo y marrón. ¿Te acordás cuando galopábamos a campo abierto, por galopar no más? Montado en pelo para tenerte más cerca, abrazado a tu cuello, con el sol del atardecer en nuestros ojos, el viento de primavera enredándose en tus crines e hinchándome el pecho, la pradera húmeda salpicándose de vida con el latido de la tierra en tus cascos, nunca sentí más claramente lo que era la libertad. ¡Cómo olvidar!, si contigo grabé la vida en mi espíritu. Pero se olvida. Se borra. Se empaña el espíritu. Y ahora estoy aquí, en esta casa, en estas praderas, en estos montes, pero ya no estamos, ni tú ni yo. Y vivo atormentado por las reminiscencias sensuales que tengo al ver y oler y tocar las cosas que estuvieron aquí cuando estábamos nosotros; pero no estamos, ni tú ni yo. ¿Pero tú me ves, verdad? ¿Verdad que me ves recorriendo contigo los campos? ¿Verdad que ves sobre tu lomo mi espíritu lúcido y joven? Porque renunciaría a cualquier paraíso que no me concediera volver a verme contigo en ese pedazo de tierra y de tiempo en el que fuimos tan felices.
    Perdóname, Peti, pero no sería yo quien te despediría, si hubiera tenido oportunidad. Hubieras querido entender a dónde me fui, y yo también. ¿Quién soy, a final de cuentas, en esta encrucijada de nostalgia y espera? Escribo a tu alma, ahora que puedes entender por qué escribo, y tal vez te regocijes al reconocer un vestigio de aquello que fuimos en lo que atraviesa estas líneas. Pero tú perduras, como afirmo, sobrepuesta a los caminos y reacia a las extrañas curvas en las que otros se extravían en pos de empañadas ilusiones. Trasciendes e impregnas todo este lugar, aunque a veces no te vea, aunque a veces no nos vea.

―David Benavídez.


domingo, 13 de abril de 2014

El suspiro del poeta

Duele tanto respirar la ausencia
De un amor que ya no está
Los ángeles cantan su nombre
Mientras él sólo puede recordar.

El denso aire que los rodeaba
En una noche magistral,
Contenía en su esencia
Elementos de maldad.

Inocente amor surgía
En aquella pareja juvenil
Húmedos besos dulces
Acariciaban un cuerpo febril.

La mujer de pechos fuertes
Al mal no pudo resistir
Amó siempre a su amado,
Hasta el día de partir.

El amado, sin consuelo
Su vida tuvo que seguir
Pero el mal, no satisfecho
A él fue a perseguir.

La noche de los amores
Mucho celo provocó
Pequeños  guerreros atacaron
Y el amado se debilitó.

Suspirando por su amada
el poeta se quedó
respirando densamente
su pecho se encogió.

Una noche misteriosa
Dormido el poeta quedó
Vio en sueños una mujer bella
De la cual se enamoró.

Vestía negro la figura
Como un cielo al anochecer
Fría como la nieve
Lo hacía estremecer.

Con sus manos lo acariciaba
Con su vestido lo cubrió
El poeta suspirando
A la muerte se entregó.

—Antony M. França.

jueves, 10 de abril de 2014

Él.

La luz del día se escondía en la lejanía, y las cosas se trasformaban poco a poco en sombras cada vez más oscuras. El frío se colaba por las rendijas de mi ventana con lentas pero continuas ráfagas.

Mis manos recorrieron la línea de su torso desnudo a los ojos de los que disfrutan y distante a los que lo ignoran. Las líneas que describía su silueta en la penumbra causaban en mí una extraña fascinación.

Entonces lo abrí….

Las letras entraron en mí, hasta lo más profundo, entre más leía más quería leer, entre más sabía, más quería saber. Un frío inerte apagó la luz que se comenzaba a encender en mis ojos, mientras una amarga navaja cortaba. Las letras se escaparon por mi garganta así como mi vida con ellas…

Lo último que pensé fue, ¿por qué no me dejo terminar de leer?...

-MAR.