sábado, 16 de agosto de 2014

Sálvame

sálvame
mátame en el intento pero
sálvame
muerto como estoy
embriagado de quietud
mátame
quiéreme y llévame
a tu cama
a tu luna
a tu débil silencio
a tus sábanas blancas
a tus tumbas
a tus cruces
pero muéstrame
tus catedrales vacías
tu altar con cortina
tu cauce sin río
échame en cara
échame en sangre
échame en piernas
y mátame
o sálvame

pero víveme















―David Benavídez.

viernes, 27 de junio de 2014

¿Tomamos un café?

Estaba imaginando una historia…

Te llamé porque hacía tiempo no sabía nada de ti. Después de aquel viaje todo cambió. Quería solamente sentir la emoción de más una vez oír tu voz. Entre suspiros que suspendían las palabras en mi boca y la angustia que traía dentro de mí, convirtieron aquel momento en una extraña sensación de ansiedades ahogadas que salían a la superficie para respirar.
Conté nueve eternos segundos después de haberte dicho:
-Hola, soy yo.
Solo para escucharte decir:
-¡Ah!...vos.
Es cierto que esperaba algo como un:
-¡Oh no! ¿Vos?... Ho- Ho- Hola ¿có-cómo estás?
Pero tan solo un "¡cuanto tiempo!" me dejaría más tranquilo, porque después del "¿Qué te hizo llamarme?" sentí el deseo de desaparecer. Es que el miedo me hizo temblar y parecía que ya estaba respirando un "¡Desaparece de mi vida!" y no quise arriesgar.
Empecé a buscar entre mis ideas una excusa para escapar del tema, pero solo me venía tu imagen y tú tierna y delicada piel, entonces pensé: ¡No! ¡Eso no!
Pero luego recapacité, es esto o un "¡Desaparece de mi vida!".
Fue por eso que elegí la primera opción.
Y luego te respondí:
-Es que estoy vendiendo flores y necesito gente, que me ayude, y pensé en ti.
Al terminar tan primaveral excusa mi mente voló unos instantes mi corazón aceleró su pulso pensando rápidamente a quién le pediría dinero prestado para abrir una florería, si me dijeras que "si" y lo cuán feliz, por primera vez, me haría escuchar de tu importante boca un nuevo "no".
Luego del rápido vuelo tu burlante risa me hizo volver a tierra, fue cuando escuché aquellas tan reconfortantes y vergonzosas palabras:
-¡Ya te voy a enseñar mejores excusas!
No tuve otra que tímidamente reírme, combinando la risa con una invitación:
-¿Tomamos un café?
No sé por qué, mi amor, después de tantos años recordé esta anécdota, quizá por la importancia de aquella llamada, o porque se me antojó un café.

¿Tomamos un café?

Rut


jueves, 5 de junio de 2014

Claroscuro

¡Ahhhhhhhh! Qué hermosa esa melancolía que nos regala el sol al ocultarse.
Nos lleva a un pasado no deseado,
nos trae recuerdos tan vivos que podemos sentirlos nuevamente,
nos da sensaciones amargas que las podemos degustar con la punta de la lengua...
Florecen, de nuestro inconsciente tal vez, sueños y fracasos que nos hacen sentir vivos.
No hay nada más hermoso que eso…

―Anónimo.


miércoles, 4 de junio de 2014

Nueva palabra, ¿Nuevo Sentimiento?

Saudade ¿Quién fue que te crió?
Vives por todas partes casas, barrios y ciudades,
y también en corazones que sufren igual que yo.

Saudade ¿Quién fue que te formó?
Unos sienten por recuerdos de amores que existieron
o también por los amados que hoy no están porque se fueron.

Saudade ¿Por qué vienes hoy a mí?
Es tan lindo el sentimiento,
pero vuelve aquí en mi pecho el dolor de los abrazos,
que pudiendo no los di.


Rut

miércoles, 28 de mayo de 2014

15

Y en esta acogedora penumbra mi cuerpo se estremece, se contrae, se extiende
mi piel se hunde cada vez más profundamente en un vaivén desgarrador
con solo pensar que una mano la toca,
mi vientre,
arde en deseo y se quema lentamente
entre gemidos y suspiros
de un amante que no llega,
de un deseo que se eleva
la espera, me hace viajar
en un tren inmenso que se mete dentro de mí hasta el fondo, y me quiebra
mi boca sedienta de él
se moja
se muerde
se agita!
Sin saber donde empieza mi cuerpo y donde termina la oscuridad
la silueta de mis muslos desnudos no se distingue en la penumbra
entonces florezco...




M.A.R.

martes, 27 de mayo de 2014

En Tacuarembó, si te parece

Ilustración: Mauro Cammá

María José nació hace 25 años en Villa Tambores, Tacuarembó, y hace 14 vive en la capital departamental. Tiene una hija de 6 años y todos los días viaja a estudiar profesorado de Literatura en el Centro Regional de Profesores (CERP) en la ciudad de Rivera.  Hoy nos cuenta cómo es vivir en su ciudad.
Sopla en mi ciudad un aire melancólico de domingo a la mañana y un recuerdo me detiene en esta plaza que hoy el otoño pinta de amarillo.
Llegué a Tacuarembó con 11 años. Venía de un pueblito del Interior en el que el viento sopla siempre fuerte y los patios de las casas terminan lejos, justo donde el campo choca con el cielo. Ese era mi horizonte.
A 45 kilómetros de allí estaba la ciudad.
Una ruta silenciosa en medio de valles, grutas y pájaros que planean libres, me trajo al mundo urbano.
Aquí el aire es calmo.
Encontré magia en las esquinas de esta ciudad dormida.
Magia oculta que no ven los señores de oficina ni las señoras bien casadas que pasean en auto los domingos a la tarde.
Magia que acompañó mi crecimiento, físico y espiritual, y me ayudó a sobrevivir en una sociedad altamente conservadora.
Gente mágica que está en los bancos grises de las plazas, con penas viejas; en casas tristes con libros cubiertos de polvo; esos viejos que acarician guitarras que hace tiempo ya no tocan. Gente que el sol extrañamente calienta.
Ciudad pequeña. Tres plazas principales que cobijan cada día un sinfín de sueños jóvenes.
Ciudad triste, que en los bares grises de la larga avenida espera cada tarde a sus viejos de siempre, a sus historias.
Ciudad de niños que la recorren felices en sus bicicletas mientras mamá hornea las recetas de la abuela y tú, ciudad mía, duermes tu religiosa siesta.
Tengo 25 años. La niña que fui me mira desde lejos. He pasado por esta plaza ya muchas veces, por este otoño, por estos árboles.
Aquí conocí a mis amigos. Los mediodías de sol acercaban cada día a diversos grupos de jóvenes que soñábamos con ser profesionales, artistas, con conocer el mundo, con formar una familia.
Y éramos nosotros mismos quienes en las noches cantábamos aquella “canción de muchacho” con acordes de guitarra que molestaban a los vecinos y transeúntes que por allí pasaban. No molestábamos a nadie. Solo cantábamos.
Sabíamos que crecer era inevitable, que la vida nos cambiaba, que el mundo nos llevaba.
Crecer en Tacuarembó.
Seguir el camino de los pájaros. Volar, dejar el nido. Empacar en la valija nuestra vida.
Algunos amigos empacaron y se fueron.
Yo me quedé con los rebeldes en un sitio que no acepta rebeldías.
De mi primer amor nació una niña.
En medio de una ciudad con oportunidades limitadas, otros de mis amigos se perdieron entre el ruido. Y así como las altas palmeras de nuestra plaza “de la Cruz”, bautizada así por generaciones pasadas, ellos también quisieron tocar el cielo, pero el mundo les devolvió otra cosa… Y ante los ojos prejuiciosos de una sociedad, que aunque sucia huele bien, “se detuvieron en las plazas como esperando la noche con los ojos fugitivos y las sienes en desorden”. Sabes de qué hablo mi querido Darno.
Muchos de ellos son artistas. Son poetas. Son músicos. Son malabaristas, acróbatas. Son grandes pintores de la vida.
Pero aquí “no debes” ser artista.
Si quieres entrar en la “elite” mejor te empleas de bancario, de médico, de abogado, te casas y tienes un buen auto.
Y fíjense ustedes, ¡qué ironía! mi tierra huele a artistas. A los versos sencillos de Circe, a la nostalgia de los temas del Darno, al Bocha y sus dulces enseñanzas. A toda la juventud que con voz alta canta sus cantos de protesta, que recuerdan su vida desde lejos, porque aquí no valoraron su talento, a la dulce muchacha de ojos negros que hoy recita poesías en su alma.
Yo escribo poesías, en el aire. Y en ocasiones hasta recibo aplausos.
No quise ser empleada de las fábricas, ni casarme con el muchacho de apellido.
Vivo en una ciudad difícil. Tradicionalista, amante de las buenas costumbres y el buen vino.
Cuando la ciudad me ahoga, mi bicicleta me lleva a caminos en donde los paisajes están como pintados.
Los pájaros planean libres, se van a mi horizonte.
Dice Circe que “Por caminos dichosos hay caminos desiertos”.
Ya es el mediodía. Ha pasado la mañana ante mis ojos. Ya canta la chicharra del domingo.
Tibio domingo.
Desde la feria de la avenida Oribe vienen autos, iba a ir por una planta y me distraje.
María José Fagúndez
(Artículo para la Revista "Ajena" ejemplar nº2. Edición Abril)

sábado, 19 de abril de 2014

Peti

     ¿Te acordás de la primera vez que fuimos juntos a la escuela? Nunca habías ido más allá de la curva de enfrente a lo de Walter. Aquella mañana llegamos a la curva, y te empacaste, obstinada en tus razones, como si hubiese sido un insulto de mi parte querer llevarte allende. Tú, crispada, querías retroceder, y yo lloraba porque iba a llegar tarde a la escuela. Tuvo que venir mamá, pero ni mamá ni mi aflicción eran argumentos suficientes ante tu inamovible certeza de que no habrían motivos para poner un casco fuera del piquete de casa. Sin embargo, los dos sabemos cuán felices fuimos desde entonces en ese kilómetro y medio. Todas las mañanas, bien temprano, papá y el Chico iban a buscarte a ti y a los demás caballos en el piquete. Yo, ya de túnica y moña, te ensillaba y nos íbamos por la carretera de tierra. Inviernos y veranos nos vieron compartir el camino, y las lluvias y los soles que tuvimos en común fueron sedimentando en nuestros corazones un camino también en común.
     ¿Te acordás rodeada de todos nosotros en la escuela? ¡Qué felicidad acariciarte! Y aprovechándonos de tu profunda mansedumbre, todos te abrazábamos, te besábamos, te apretábamos, jugábamos con tus orejas fofas, con tu panza redonda, con tus largas crines, y nos pasábamos por encima y por debajo de ti, andábamos de a dos, de a tres, de a cuatro, cayendo por tus costados, prendidos a tu cuello, y repicaban nuestras carcajadas en la quinta de eucaliptos... Ay, Peti, extraño tanto nuestra escuelita, es decir, aquella época, aquella vida, aquellos nosotros…Porque ya no somos, ni ellos, ni yo, ni la escuela… Sólo tú permaneces, sin tiempo ni edad, con tu alma inalterable preñada de eternidad y cariño. Las últimas veces que te vi, tú no me viste. Me busqué yo también en tus ojos de azabache, y en sus profundidades tampoco me vi.
     Leía hace poco un libro que alguien le escribió a un alma parecida a la tuya, y me encontré entre sus líneas, casi olvidado, hablándote a ti, jugando contigo, viéndote, viéndote como un inmenso corazón peludo y marrón. ¿Te acordás cuando galopábamos a campo abierto, por galopar no más? Montado en pelo para tenerte más cerca, abrazado a tu cuello, con el sol del atardecer en nuestros ojos, el viento de primavera enredándose en tus crines e hinchándome el pecho, la pradera húmeda salpicándose de vida con el latido de la tierra en tus cascos, nunca sentí más claramente lo que era la libertad. ¡Cómo olvidar!, si contigo grabé la vida en mi espíritu. Pero se olvida. Se borra. Se empaña el espíritu. Y ahora estoy aquí, en esta casa, en estas praderas, en estos montes, pero ya no estamos, ni tú ni yo. Y vivo atormentado por las reminiscencias sensuales que tengo al ver y oler y tocar las cosas que estuvieron aquí cuando estábamos nosotros; pero no estamos, ni tú ni yo. ¿Pero tú me ves, verdad? ¿Verdad que me ves recorriendo contigo los campos? ¿Verdad que ves sobre tu lomo mi espíritu lúcido y joven? Porque renunciaría a cualquier paraíso que no me concediera volver a verme contigo en ese pedazo de tierra y de tiempo en el que fuimos tan felices.
    Perdóname, Peti, pero no sería yo quien te despediría, si hubiera tenido oportunidad. Hubieras querido entender a dónde me fui, y yo también. ¿Quién soy, a final de cuentas, en esta encrucijada de nostalgia y espera? Escribo a tu alma, ahora que puedes entender por qué escribo, y tal vez te regocijes al reconocer un vestigio de aquello que fuimos en lo que atraviesa estas líneas. Pero tú perduras, como afirmo, sobrepuesta a los caminos y reacia a las extrañas curvas en las que otros se extravían en pos de empañadas ilusiones. Trasciendes e impregnas todo este lugar, aunque a veces no te vea, aunque a veces no nos vea.

―David Benavídez.