En las escondidas soledades
de la tiranía propia
se hunde un abismo de prisión adusta
Se clava el vértice
en el corazón mismo
y brota de la herida
la indemne viscosidad
de la tristeza sutil
Brillan tus ojos buscando la vida
gastando miradas en parásitas mímesis
Más allá del pan y del circo
¿cuándo dejarás
de comer vacío
de sangrar verdades
y escupir mentiras?
¡Levántate de la silla cómoda de tus
indecisiones!
¡Arranca tus ojos fríos del palco de
necedades!
¡Sacúdete la sádica actitud
de contemplar las máscaras del
desperdicio!
del desperdicio imbécil de la vida
misma
¡Incinera el circo de tus payasos
tristes!
¡quema todos tus ídolos!
¡y lánzate al mar profundo
de la contemplación vibrante
de la vida misma!
—David Benavídez.

Iniciando una nueva etapa.
ResponderEliminarEl lenguaje es un tanto elocuente pero, acaso, ese lenguaje exprese lo que querés abandonar.
Este poema aún está en la mímesis; ahora viene (y empieza) la palabra verdadera, la que no existe aún, pero que está en ti. Hay un “ser” queriendo escapar; un niño que se está yendo, llamemos infancia, quizás adolescencia; un paraíso perdido. Está el poema pero todavía no estás ni tú ni el poeta: esos son a partir del ahora y de tí mismo, en ese lanzarse a la vida misma, en ese mar que es un abismo y un riesgo de muerte. Se dejan atrás las certezas y las máscaras tranquilizadoras (el payaso es una máscara) y se asume el rostro amenazante, que atemoriza y te exige tomar una decisión.
Siempre nos proyectamos al futuro.
¡Salú y carpe diem!
¡Alguien escucha mis silencios!
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